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Turismo Rural » Blog » Turismo activo » Un recorrido por los faros de España


 Un recorrido por los faros de España




La mayoría de los faros de la costa española están estratégicamente ubicados, se sitúan generalmente en puntos espectaculares del litoral. Un recorrido por los faros de España permite apreciar lo más auténtico de su costa y, en muchos casos, constituye un viaje por su naturaleza más agreste.


Entre los faros de España que merecen una visita encontramos a Punta de Teno situado en el extremo noroeste de Tenerife, de color blanco y rojo, este faro se encuentra rodeado de rocas volcánicas. Desde este lugar se tiene una magnifica vista de los acantilados de Los Gigantes y se pueden observar farallones de 550 metros de altura, los más espectaculares de todo el archipiélago canario.


Desde Santa Pola se accede a otro faro de gran importancia histórica como es el de la Isla de Tabarca en Alicante. Construido a mediados del siglo diecinueve, su misión era también señalar la pequeña isla, una de las reservas marinas más importantes de las costas mediterráneas. En las costas de Cantabria, encontramos a Punta Torco de Afuera, situado en Suances, es el más potente de toda la región. Así como en las hermosas costas españolas podemos deleitarnos de hermosas vistas a sus faros, también encontramos al otro lado del mundo hermosos parajes, una escapada o viajes a Punta Cana puede afirmar que tambien en otros lugares existen tan bonitas costas como en España.


Esta es sólo una muestra de los 187 faros de las costas españolas, un buen motivo para visitar las poblaciones portuarias y reencontrarse con el mar.



Publicado en Turismo activo por Diana Rosas

Tags:  faros , tenerife , alicante
23 de Marzo, 2009 (17:00H)


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Comentarios:



Sergio Farras
8 de Octubre, 2010 (04:56H)
El farero ciego
Supe que no estaba Dios esperándome en aquél faro...
Silbaba el viento susurrante del naciente Levante bajo la cómplice mirada de la noche. Envuelta la oscuridad con el tacto que resbalaba como temblando, con el requiebro de cortejo e inocencia que suele engañar a los marinos. De fuerza deshojada, la mar, con sus lágrimas saladas, choca contra los riscos afilados. Empezaba mi jornada de trabajo como es costumbre de cada día. Soy Farero, y más de treinta años llevo en este oficio y profesión. Soy ciego.
El viejo faro, está envuelto por la noche como un manto de oscuro musgo, acuña anunciando con sus destellos la poliedra luz que el ojo del marino vé desde la lejanía más apartada. Yo, que no veo la luz natural por ser invidente, puedo ver la del alma desamparada en la distancia más austral y lejana. Mis instrumentos, en braille, mi mano recorren con tersura y suavidad como el que acaricia las teclas de un instrumento. Y mi pequeña computadora, que como un lazarillo me guía en mi cometido y me acompaña de ayudante. Y todo esto, no me impide que cada noche el viejo faro quede “ciego†a la vista del navegante. Pues, como el desnudo cuerpo de la ninfa encantadora, vienen hasta mí navíos y buques. A veces desorientados, a veces sólo de paso.
La luz del faro sólo hace que repetir y repetir su destello de incandescencia. Flotante en la neblina, donde las horas van lentas en la noche cerrada. De la mar brava hago un jardín cuando les oriento más allá de sus sombras. Y el borroso camino se hace más claro y llano. Veo a lo lejos sus balizas que marcan sus mástiles erguidos, como resplandores en la lejanía, que yo diviso y palpo con el alma, no con la retina. Y veo, veo resbalando ante mí el horizonte imaginario, la profundidad del cielo, su cúpula celeste casi infinita despejando la negra noche cerrada, o el día gris y apagado en sombra opaca. Para convertirse el faro proyector de mi atalaya en asterisco de referencia y esperanza que evite el infortunio.
Los navíos a lo lejos van sintiendo el abrazo lejano de la luz proyectada. Como en una balconada de grandes vidrieras y escaparates de agua. Yo, soy su guía, su esperanza más segura. Pues sostendré bien adherido su rumbo como si fuese un sonámbulo pensamiento. ¡Que lo tuyo es el mar marino! Y cuando su danza sea agitada y turbada, la baliza de luz de candela te guiará en la ensenada más triste y apartada. Y cuando los elementos alteren las manecillas de la naturaleza enojada, siempre allí yo estaré, sin contar el tiempo detenido. La noche para mí; cada día, desnuda y fría. El mar está allí afuera, frente a los acantilados y los peñascos más afilados. Y a la tormenta, a quién aguarda el recio espigón mientras la ola rebota en la roca hecha pedazos. Y esta se perfila mirando al mar descarada y perfilada como si fuera hecha con cincel de artesano.

Por eso, se oye en las tabernas del viejo puerto una historia de estas de marinos. Donde se comenta entre los navegantes, desde puente de mando a laboriosas cubiertas, una mística historia de un naufrago errante que un día estuvo perdido.

“Supe que no estaba Dios esperándome en aquél faro. Sino aquél, que dicen las sirenas que es ciego. Yo no me lo creo, pero fue él, quien nos guiaba aquella noche sosteniendo la luz que iluminaba el camino de un arribo a puerto seguro.
Una luz como una voz en el mar veo. Y sin ser hijo de la pena, siempre hay una sonrisa que respira a mi lado, como la esperanza, que jamás se ausenta perdida. La luz del infinito alcanza al navío más lejano en mares escondidos, y divisa la costa segura, para que te lleven, marino, más allá de los sueños cuando la tormenta se desfigura en tempestad. Y ésta, que no tiene dulzura ni paciencia decide presentarse por sorpresa y sin aviso. Pasarán los días, pasarán las horas, pasarán los cielos, pasarán las almas. Y yo, seguiré siendo el farero, el reflector de esperanzas y confianza segura. Cuando llueva sobre el agua, déjame hacer mi oficio con la ilusión del verso místico que se alimenta de sí mismo. Porque marino, estoy con los que te buscan cuando todo son ensoñaciones desesperadas en tu confusa y azorada mente. Y recuerda, que de sueño la noche carece. Pues el durmiente viento acude y acaricia la esperanza donde guarda la esencia de amparo y de vida, agarrándose a las raíces más duras. Y, aunque morir quisieras cerca del mar, hoy no es el momento ni tampoco el instante. ¡Eso no lo sabe nadie! Ãngel marinero, ¡dime que he de ver el mar otro día!
A lo lejos, el busto de una mujer, que no son, sino encantos y fantasías de tu mente. Que tú, marino, sólo ves en tu esperanza más confiada. Tan ciego es el camino cuando la luz del sol anula la de la luna, que puedas encontrar en la oscuridad la sirena que te guíe con sus cantos hasta fondeadero seguro de litoral cercano.
Será por eso, que se oye en las tabernas del viejo puerto una historia de estas de marinos, donde en el mirador de la torreta, allá donde están los riscos más altos y apartados, habita un farero ciego que nadie ha visto.
Sergio Farras, escritor tremendista.

Sergio Farras
13 de Marzo, 2011 (00:08H)
Apreciado compañero. Te adjunto el enlace de i blog de "Guía de Viajes". Un placer si me das tu sincera opinión. Un abrazo



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